Lo que para muchos constituye un gesto inofensivo para mitigar el calor o simplemente un placer sensorial al triturar cubos de hielo, podría esconder complicaciones subyacentes. Cuando esta práctica se torna recurrente o se manifiesta como una compulsión, es posible que el organismo esté emitiendo una señal de alerta.
Esta necesidad imperiosa de consumir hielo recibe el nombre técnico de pagofagia y suele vincularse con cuadros de ferropenia (carencia de hierro), los cuales pueden derivar o no en anemia. Si bien los investigadores aún exploran los motivos exactos de este vínculo, diversas indagaciones han confirmado que individuos con niveles reducidos de este mineral experimentan un deseo marcado por ingerir hielo.
Debido a la extrema dureza del hielo, su trituración frecuente erosiona paulatinamente el esmalte dental. Este proceso incrementa la vulnerabilidad ante la aparición de caries y desencadena hipersensibilidad al ingerir productos dulces, muy calientes o excesivamente fríos.
Asimismo, la fuerza ejercida para fragmentar los cubos puede derivar en fisuras, grietas o, en casos graves, en fracturas de las piezas dentales. Aquellas personas con restauraciones, tales como calzas, prótesis, carillas o sistemas de ortodoncia, corren el riesgo de dañar estos dispositivos o incluso de provocar su desprendimiento.
Más allá de las repercusiones en la cavidad bucal, el consumo desmedido de hielo compromete el bienestar general. En ciertos escenarios, la obsesión por este hábito puede suprimir el apetito o desplazar el consumo de nutrientes esenciales, perjudicando la ingesta alimenticia diaria. De igual manera, someter al tracto digestivo a temperaturas gélidas de forma sostenida puede interferir con sus funciones fisiológicas naturales.
Fuente: Gastrolab
